De la boca a las palabras: cómo terminé siendo traductora después de varios años entre dientes

Hace poco estaba revisando un texto de cirugía oral. Osteotomía, colgajo de espesor total: terminología que reconozco desde el lado del profesional odontológico. Y en algún punto me detuve. No porque no supiera cómo traducirlo, sino porque lo conocía. Porque sé lo que significa eso en un consultorio, lo que implica para un paciente, lo que un odontólogo entiende cuando lo lee. Y pensé: qué camino tan largo y tan extraño el que me trajo hasta aquí.
Esta es la historia de ese camino. No es lineal, no es heroica y no tuvo un momento de revelación súbita. Tuvo años de neblina, miedos que cargué durante demasiado tiempo, una pandemia y piezas que fui recogiendo sin saber que algún día iban a encajar.
Primero, la odontología. Durante varios años, solo fue eso
Me gradué del Colegio Odontológico Colombiano con énfasis en Odontología Biológica y Quirúrgica. Era muy joven y tenía todas las ganas del mundo de ejercer. Lo que vino después fue más difícil de lo que esperaba: trabajos por prestación de servicios de cincuenta horas semanales, pacientes escasos, pagos que no alcanzaban siquiera para cubrir el transporte. La inestabilidad era la norma, no la excepción. Y yo, que vivía todavía con mis padres y quería construir mi propia vida, empecé a sentir que algo no cuadraba —aunque tardé años en poder nombrarlo.
Lo curioso es que justo al graduarme, antes de haber conseguido mi primer trabajo, tomé una decisión que en ese momento parecía un capricho: entré a estudiar francés desde cero. Sin ningún plan detrás. Solo porque quería.
Hoy entiendo que ese «capricho» fue la primera señal de algo que tardaría casi una década en materializarse.
Lo que pasa cuando el gusto es la única razón
Estudié francés con una constancia que no había tenido para nada más. Tres años seguidos, sin faltar cuando podía evitarlo, buscando clases particulares cuando en la Alianza Francesa no había suficientes alumnos para abrir grupo. Completé el nivel B2, obtuve el Diploma de Estudios en Lengua Francesa (DELF) B2 y en 2016 me fui a Francia con visa de estudiante por un año.
Ese año fue, hasta ese momento, el más pleno de mi vida como joven adulta. Obtuve el Diploma Universitario de Estudios Franceses (DUEF) B2 y el DUEF C1. Viajé. Me moví sola en una lengua que había aprendido por gusto. Y en algún punto de esos meses empecé a pensar, casi sin quererlo, en la posibilidad de estudiar algo diferente a la odontología —algo con idiomas, me decía mi mamá cuando le transmitía mis dudas por teléfono. La idea, sin embargo, me aterraba. Ya era odontóloga y empezar de cero me parecía una especie de derrota.
Volví a Colombia con la decisión postergada y una sensación de que algo seguía sin resolverse.
Dos años entre auriculares
Entre 2018 y 2020 trabajé en call centers. Primero en español, luego en uno bilingüe. Era un salario fijo, con prestaciones, algo que nunca había tenido ejerciendo como odontóloga. Y aunque la dinámica me agotaba, me permitió estabilizarme económicamente por primera vez.
En 2018, con mis primeros sueldos fijos, me emocioné y empecé a investigar programas universitarios en línea para enseñar Francés como Lengua Extranjera (FLE). Sin embargo, cuando iba a tomar la decisión, los gastos personales no me dieron espera y así la idea se hundió antes de iniciar. No volví a pensar en ello por un tiempo.
El trabajo en el call center bilingüe, sin embargo, me traía sus propias revelaciones. Entró en mi radar algo que no esperaba: la interpretación como profesión. Cuando un cliente hablaba un idioma distinto al español o al inglés, había que contactar a una empresa especializada para que asignara un intérprete profesional a la llamada. Era un servicio casi invisible para quien lo recibía, pero empecé a notar que detrás había una profesión entera. Una que aún no conocía bien, pero que ya me generaba curiosidad.
Marzo de 2020: el mundo se detuvo y yo no tuve más excusas
Unos días antes de que en Colombia se declarara el confinamiento obligatorio, había dejado de trabajar en el call center. De repente estaba en casa, con mis padres, con mi hermano y con mi peluda Beagle. El mundo entero estaba en pausa y ninguno de nosotros sabía cuánto iba a durar aquello ni qué iba a pasar. Aunque sospecho que ella fue la única que lo disfrutó desde el principio.
En medio de tanto tiempo de reflexión, mi pareja —emprendedor por naturaleza, que siempre ha sabido lo que quiere— empezó a hacerme preguntas que yo había estado evitando durante años: ¿Qué quería realmente? ¿A qué quería dedicarme? ¿Qué me gustaba hacer? Yo no tenía respuestas claras, pero por primera vez tenía tiempo para descifrarlas.
Hice un ejercicio que había encontrado en un libro que estaba leyendo en esa época: una lista de cosas para las que era buena y cosas que disfrutaba haciendo. No era nada sofisticado, pero fue la primera vez en mucho tiempo que me senté a pensar en mí sin la urgencia de resolver lo inmediato. Y de esa lista empezaron a surgir cosas que ya sabía pero que no había querido ver: los idiomas, la lectura, la escritura, la precisión, el detalle.
Fue mi pareja quien puso sobre la mesa la palabra traducción. Y algo hizo clic. Recordé entonces un cómic que había empezado a leer años antes en Francia y que no pude terminar: su protagonista era traductora. Lo había vuelto a buscar en más de una ocasión sin conseguirlo, y regresaba a mi memoria con una insistencia que otros libros dejados a medias nunca tuvieron. Algo en él se me había quedado grabado desde el principio, aunque en ese momento no hubiera sabido decir el porqué. Era la primera vez que había visto ese oficio representado en algo que leía, con vida propia, con decisiones, con un mundo adentro. Quizás no me percataba entonces de que me estaba asomando a ese mundo. Y, sin embargo, algo en mí lo guardó.
Tres meses, miles de pestañas abiertas y una decisión
Lo que vino después fue algo que no había sentido desde Francia: ilusión. Estuve casi tres meses investigando todos los días sobre la traducción como profesión —algo que en Colombia se conoce poco y se entiende menos. Conocí traductores y traductoras, sobre todo españoles, algunos latinoamericanos. Leí, pregunté, comparé universidades. Y en octubre de 2020 me matriculé en el grado de Traducción e Interpretación en la Universidad Internacional de Valencia (VIU), con lengua A español, lengua B inglés y lengua C francés.
Pensé que iba a especializarme en lo que ya sabía: usar el inglés y el francés. Lo que no esperaba era lo que me pasó con el español.
Mirando atrás, quizás no debería haberme sorprendido tanto: siendo todavía adolescente, un examen de orientación vocacional me había dado una pista que no supe leer: «lenguas». En ese entonces, lo descarté por miedo y por desinformación. Eso, sin embargo, es historia para otra entrada.
Lo que nadie me había dicho sobre mi propia lengua
Estudié en una universidad española, rodeada en su mayoría de compañeros y profesores de España. Mi variedad del español —el español colombiano, con todo lo que eso implica— era la excepción en el aula virtual. Lo que al principio podría haber sido una incomodidad se convirtió en una de las experiencias más enriquecedoras de toda la carrera.
Empecé a trabajar el español con una atención que nunca le había dado. La gramática, la ortotipografía, los debates normativos, las diferencias entre variedades. Aprendí que dar la lengua nativa por sentada es el error más común y más costoso que puede cometer un traductor. Y descubrí, con genuina sorpresa, que el español es increíblemente hermoso. No de manera abstracta: hermoso en su complejidad concreta, en sus excepciones, en sus debates, en la tensión permanente entre norma y uso.
De niña pensaba que el inglés era lo máximo. Luego creí que el francés era más sofisticado. Hoy soy nativa del español y lo soy con orgullo. Eso es algo que no vi venir.
Lo que quedó de la odontología
No volví a ejercer de manera regular. No fue una decisión dramática ni un portazo: fue una distancia que se fue haciendo natural.
Hoy sigo en contacto con ese mundo desde varios frentes: sigo cuentas en redes sociales, leo sobre avances clínicos, mantengo conversaciones cotidianas con compañeros que son también amigos entrañables y tengo familia en ese medio. La odontología no es algo que se pueda deshacer —ni lo que aprendí, ni lo que trabajé, ni lo que viví— y tampoco es algo que quiera deshacer.
El mundo al que pensé que le estaba diciendo adiós resulta que nunca se fue del todo. Hoy trabajo de la mano con negocios del sector odontológico, lo que significa que la terminología que aprendí en el consultorio sigue viva y activa en mi trabajo diario. Y ese lugar resulta ser, para la traducción e interpretación médica y odontológica, exactamente el lugar correcto. La odontología es parte de mi camino, aunque tardé en entenderlo.
Solo una pregunta me ha seguido desde que inicié mi segunda carrera: ¿no te dio miedo empezar de cero? La respuesta honesta es que sí. Me dio mucho miedo, durante muchos años. El miedo no desapareció de un día para otro: simplemente llegó un momento en que el costo de no actuar me pareció mayor que el de actuar.
No soy una sola experiencia ni una sola decisión. Soy la suma de todo lo que he vivido: los trabajos en los que nunca terminé de encajar, los idiomas aprendidos por gusto, los años vividos en otros países y otras culturas, las personas que pusieron una pieza en el camino —algunas a propósito, otras sin saberlo—, las preguntas que tardaron demasiado en hacerse, los libros leídos. Todo eso soy yo. Todo eso me trajo hasta aquí.
Una bitácora es el cuaderno de a bordo de un barco: el registro fiel de lo que pasa durante la travesía, no de lo que se planeó antes de zarpar. Bienvenidos a bordo.
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